El autor de este blog y otros, con los cuales no solo vengo contando mis historias ficticias y reales, ha tenido una vida de persecuciones y ostracismos, lo mismo que para algunos era una especie de vivídor a lo bien, mientras para otros no era más que uno que quería darse la buena vida, sin un peso en los bolsillos. Y como me veían que siempre gastaba, para muchos no era más que un rebuscador en medio de cascareros de esas calles que tan bien he conocido. Ni lo uno, ni lo otro. Solamente era una persona que andaba por esas calles turbias tratando de conseguir el dinero necesario para la manutención. Había llegado a esta ciudad perseguido como un delincuente, y obstinado por una familia por una casa cuyo dueño me intentó matar dentro de la misma, con ladronzuelos de barrio pisandome los talones, a cuenta de lo mismo. En fin, había tenido malos tragos y, con policías a bordo como si les debiera algo, en una situación que habia comenzado hace muchísimos años, y también porque escondía mis temores de autista a cuenta de la bebida, y además los disfrutaba, pero siempre trabajando y produciendo mercancías de las cuales sobrevivía y soreviví por muchos años, a pesar de que ya viejo, no me encuentro en las mismas condiciones.
Una persecución que comenzó por no decir que de niño, pero que está relacionado por esos sentimientos autistas que siempre tuve y que impidieron aparentemente ser un bobo en ese mundo inhóspito en el que siempre he estado. Todavía recuerdo a unos amigos de juventud malosos, que enfrascados en esas pasatas juveniles, con los que me distraje durante una parte de la vida, y que curiosamente trabajaban para otros, como la de esos detectives que conocí y otro supuesto amigo que cayó en el vicio de las drogas, que murió atropellado por un carro por la avenida 19. Hubo otro que me acompañó también en esos años y que con el tiempo ví la cara de su doblez, incluso sin intuirlo, cuando apareció en un barrio de Bogotá, contándome sus historias de chófer, y los enredos que pasó por allá en sus aventuras de marino a cuenta del Estado, y a una época, y que por esos años con los hechos sucedidos en ese lejano mar, ahora los recuerdo como si fuera ayer. Aquel amigo nunca lo fue, y menos el que murió, fueron unos comparsas de desdichas de hechos que me acaecieron en esos tiempos, cuando no intuía de que había alguien, o algunos que me querían ver en la mala. En fin, son las mediocridades que a todos nos acompañan, y que nos sirven de experiencia que valdrían la pena contarlas, cuando uno siente que a pesar de todo la vida, ha valido la pena.
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